AI y trabajo · 2 min de lectura
Trabajar con AI todos los días cambia la conversación.
Las preguntas se vuelven más concretas cuando el trabajo tiene que quedar hecho.
Borrador editorialTexto de muestra para esta primera versión. Pendiente de revisión editorial.
Trabajo con AI todos los días. La familiaridad me vuelve más exigente. Me interesa menos lo que una herramienta promete en una presentación y más lo que ocurre cuando le pido que me ayude a terminar algo.
Una respuesta puede sonar convincente y dejar intacta la parte difícil. En desarrollo, eso se nota cuando el código tiene que integrarse con lo que ya existe. En una conversación, cuando la siguiente pregunta exige conservar el contexto. La primera impresión cuenta; la continuidad también.
Por eso mis preguntas se han vuelto más concretas. ¿Entendió lo que intento resolver? ¿Qué asumió sin preguntarme? ¿Puedo comprobar el resultado? ¿Cuánto trabajo añade revisar lo que acaba de producir? No necesito resolver una teoría completa sobre la AI para decidir si me ayudó hoy.
También tengo que mirar mi parte. Dar una instrucción vaga y esperar una ejecución precisa es una manera cómoda de pasarle toda la responsabilidad al modelo. A veces el límite está en la herramienta. Otras, en cómo definí el problema o en lo que todavía no sé explicar.
Esa mezcla me parece más interesante que elegir entre entusiasmo y rechazo. Quiero hablar de lo que ya forma parte del trabajo: qué delego, qué reviso, dónde gano tiempo y dónde tengo que intervenir. Ahí hay una conversación que una demo apenas empieza.
