Cultura y pertenencia · 2 min de lectura
Vivir entre países cambia lo que das por obvio.
Una costumbre puede parecer universal hasta que te toca aprender otra.
Borrador editorial
Texto de muestra para esta primera versión. Pendiente de revisión editorial.
He vivido en Venezuela, Chile, Costa Rica, Canadá y Estados Unidos. Hay una pregunta que esa experiencia me deja cerca: ¿esto me parece natural o simplemente me resulta conocido?
La distinción importa. Muchas de las cosas que llamamos obvias vienen de un lugar, una época, una familia o una forma de trabajar. Al moverte, descubres que otras personas organizan lo cotidiano con supuestos distintos y tampoco sienten que deban explicarlos.
Eso no vuelve equivalentes todas las costumbres. Sigo teniendo preferencias y puedo juzgar una experiencia. Pero me interesa reconocer qué estoy comparando. A veces comparo condiciones concretas; otras, la familiaridad de algo que conozco con la incomodidad de algo que todavía estoy aprendiendo.
También está la tentación de convertir un país entero en una explicación. Una experiencia difícil puede crecer hasta ocupar la imagen que tenemos de un lugar. Una buena etapa puede hacer lo contrario. Mi experiencia tiene valor, pero tiene un punto de vista y unos límites.
Hoy me interesa conversar desde ahí. Puedo sentir pertenencia en más de un sitio, conservar algo de uno y preferir algo de otro. No necesito que todas esas piezas formen una identidad fácil de resumir. Me basta con reconocerlas y dejar que alguien con otra experiencia me muestre lo que estoy pasando por alto.